A menudo nos gusta pensar que tenemos el control de todo: nuestros planes, nuestro futuro, nuestros resultados. Pero la verdad es que no es así. La verdadera autoridad pertenece a Aquel que gobierna el tiempo y lo sabe todo: Dios.
Al comenzar un nuevo año, vale la pena detenerse a reflexionar sobre cómo planificas tu vida. La sociedad nos dice constantemente: “Ponte a ti mismo primero”. Sin embargo, la fe nos enseña algo muy diferente: Dios primero. Cuando lo ponemos en el centro de nuestros planes y decisiones, la vida toma un rumbo completamente nuevo.
La manera más efectiva de experimentar un año verdaderamente diferente es vivir cada día según la voluntad de Dios. Cuando Él guía nuestras decisiones diarias, los resultados dejan de ser ordinarios, se vuelven extraordinarios.
Planificar no es el problema. No hay nada de malo en establecer metas u organizar tu vida. El error es confiar únicamente en tus propias fuerzas y olvidarte de someter esos planes a Dios.
Involucrarse más en tu fe es esencial, ya que no debe limitarse solo a la reunión del domingo. Algunas personas realmente desean hacer más, pero se sienten limitadas por el trabajo, los estudios o una agenda sobrecargada. A menudo, esto es señal de que algo necesita cambiar.
Otros se esfuerzan poco, asumiendo que participar una vez a la semana es suficiente. Pero ir a la iglesia solo los domingos es como comer solo una vez a la semana. Puede que sobrevivas, pero estarás débil. De la misma manera, tu vida espiritual no puede prosperar sin constancia. La fortaleza proviene de la comunión diaria con Dios.
Así es como cada día de la semana está dedicado a fortalecer un área específica de tu vida:
Con esto en mente, vale la pena recordar que el tiempo sin Dios es simplemente tiempo perdido. Este año, toma decisiones que realmente importen: elige ser bautizado en las aguas, recibe el Espíritu Santo (el Espíritu de Dios que mora en ti) y sirve a los demás participando en los grupos de la iglesia.
La fe nunca debe permanecer oculta. Crece cuando ayudamos a los demás, y cuando participamos en la obra de Dios, nuestra fe pasa de las palabras a la acción y se vuelve verdaderamente fructífera.
Toma la decisión de poner a Dios en primer lugar cada día. Vivir con Él en el centro no es una carga; es la manera de vivir verdaderamente, convirtiendo los días ordinarios en extraordinarios.
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